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LA MÁQUINA DE HACER POESÍA: Imprenta, producción y re-producción de poesía en el Perú del siglo XX (I)

(1era Parte)

Por Luis Alberto Castillo

Las máquinas son órganos del cerebro humano

creados por la mano del hombre

Karl Marx

Resulta al menos curioso que en la tradición crítica del país haya tan poco escrito sobre aquello que permite la reproducción e, incluso, la producción misma de la escritura. Parte de la presente investigación ha sido producto de una búsqueda cuyas pistas han sobrevivido fundamentalmente en la memoria de algunas personas o, si han estado escritas, ha sido gracias a la reproducción textual de una que otra entrevista. Así pues, dado que la reflexión en torno a la imprenta y el papel que ha jugado en el desarrollo de la literatura peruana resulta prácticamente nula, trataré en lo que sigue de esbozar algunas primeras aproximaciones relacionadas directamente con la creación poética.

Ahora bien, habría que señalar que este vacío tiene una suerte de justificación histórica: cuando un medio se desarrolla plenamente como tal, este se transparenta quedando fuera de todo análisis posible. No será sino con la llegada de la era digital que varios de los aparatos mecánicos de producción no solo serán desplazados, sino que desprovistos de su utilidad revelarán su carácter material llegando, incluso, a convertirse en verdaderos objetos de contemplación estética. De esta forma, los que antaño funcionaban como medios y por ello se nos hacían invisibles, se tornan ahora opacos y entran en el terreno del análisis.

Es necesario aclarar que esta investigación no pretende estudiar el tópico de la máquina a través de sus múltiples referencias en la producción literaria del Perú, sino que centrará su atención en el medio técnico que hizo posible el desarrollo de lo que podríamos denominar propiamente una literatura nacional. A partir de distintas concepciones en torno al valor y lugar que ocupa la máquina en la sociedad contemporánea, se tratará de pensar y comprender las condiciones materiales que permitieron el desarrollo y modernización de nuestra literatura.  El análisis recaerá, entonces, sobre las distintas imprentas que han sido fundamentales para el desarrollo de la poesía en el Perú tomando la forma de verdaderas máquinas de hacer poesía. De ahí que el trabajo se desarrolle como una suerte de historia de la poesía peruana del siglo XX, asumiendo los distintos niveles en que la imprenta condiciona la producción y re-producción de poesía (más allá de las representaciones de la máquina en el contenido de los poemas). Para ello, será necesario dirigir la mirada, básicamente, sobre tres ejes. Primero, las marcas y condicionamientos formales de la imprenta que se revelan en la anatomía de lo impreso. Segundo, las posibilidades estéticas de los aparatos que permitieron la aparición de libros acaso insospechados en el panorama de literatura peruana. Y, finalmente, las relaciones entre la apropiación de los medios de producción de texto por parte de los artistas e intelectuales y la modernización de nuestra literatura.

  1. La minúscula

La primera imprenta que analizaré está lejos de circunscribirse a las concepciones tradicionales de la “máquina”. Quizá, dentro de las múltiples posturas de los poetas peruanos frente a lo maquinal, la que mejor representa este episodio auroral de nuestra poesía del siglo XX sea la de José María Eguren. Ya Mariategui en los “7 ensayos” había descrito bastante bien en qué se cifraba la particularidad de la fascinación del poeta por la tecnología:

“(…) Eguren no comprende ni conoce tampoco la civilización capitalista, burguesa, occidental. De Esta civilización, le interesa y le encanta únicamente, la colosal juguetería. Eguren se puede suponer moderno porque admira el avión, el submarino, el automóvil. Mas en el avión, en el automóvil, etc., admira no la máquina sino el juguete. El juguete fantástico que el hombre ha construido para atravesar los mares y los continentes. Eguren ve al hombre jugar con la máquina; no ve, como Rabindranath Tagore, a la máquina esclavizar al hombre” (302-303).

Y es que el poemario que da inicio a lo que podríamos denominar la poesía moderna en el Perú – o al menos el que establece la posibilidad de una literatura peruana –, fue impreso a partir de las maquinaciones de un niño frente a una imprenta de juguete. Me refiero al primer libro de poemas que publicara Manuel González Prada en 1901 y cuya historia parece haber quedado en el olvido. Sin embargo, antes de entrar a analizar el modo en que ese “jueguete” operó en el proceso de producción del poemario, quisiera detenerme en las cuestiones que ya desde el siglo XIX habrán de emparentar al poeta y pensador peruano con la imprenta y la producción del libro en el Perú.

González Prada publicó su virulento libro Pájinas Libres hacia 1894, el cual contaba con una particularísima grafía y le valdrá la excomulgación de la iglesia católica. En la tercera parte del libro encontramos un ensayo titulado “La libertad d’escribir” en donde habrá de impugnar la Ley de Imprenta de 1823, el Reglamento de Teatros de 1849 y el Código Penal de 1862, “que limitaban la libertad de expresión y evidenciaban las trabas legales para la fundación de un órgano de prensa” (Delhom 2005:373). Con respecto al Reglamento de Teatros, vigente desde 1849, dirá que “parece redactado por doncellas que hacen su primera comunión” (138) y criticará a la comisión de espectáculos que resulta más bien una suerte de inquisición formada por hombres ignorantes que nada entienden de dramaturgia ni teatro. Sin embargo, lo relativo a la libertad de imprenta habrá de ser determinante. Nos dice González Prada que “con la palabra sucede lo mismo que con el agua: estancada, se corrompe; movida i ajitada, conserva su frescura” [1](143). En ese sentido, concibe que “para elevar el espíritu de una prensa no hai remedio mejor que libertarla” (143). Sin embargo, el periodismo es el primero en sucumbir ante la dictadura de la ley: “¿Qué vemos en editoriales? Pesadas adulaciones al Gobierno, escritos que infunden sueño, literatura de cachalotes, buena para leída por elefantes.” (142 – 143). De esta forma, sostendrá que el “periódico no es ya río que sale de madre para fecundizar el campo, sino mal canalizado albañal que con sus miasmas pestilentes, infecta el aire de la ciudad” (142). Hacia 1902, luego de ser una víctima recurrente de los atentados legales contra la libertad de imprenta que acabaron por clausurar varias revistas y semanarios a los que estaba vinculado – tales como La Revista Social, El Radical, Luz Eléctrica, Germinal y El Independiente –, desde las columnas de La Idea Libre, González Prada hará un llamado a la desobediencia civil para imponer el respeto a la libertad de imprenta:

“Sublevémonos contra la Ley, procedamos sin miedo ni contemporizaciones, declarando que no reconocemos delito de imprenta ni autoridades con derecho a entrabar la emisión de las ideas. Lo pensado en la soledad de nosotros mismos, lo cuchicheado en el secreto de la familia, lo murmurado en el círculo de los correligionarios y amigos, debemos escribirlo en el papel, decirlo en la tribuna, pregonarlo en calles y plazas. A la mala Ley de Imprenta, opongamos la buena costumbre de infringirla”. (Citado de Delhom 2005:174)

En el horizonte cultural del país, González Prada verá que la única manera de evitar que los peruanos acabemos por portar sobre los hombros “una cabeza de mono microcéfalo” es con la libertad para la reproducción del pensamiento y hace un llamado general: “acudan todos, buenos i malos autores, que el tiempo depurará las obras para conceder a las buenas el lugar debido. Como en el orden físico el monstruo perece, así en el mundo intelectual lo malo desaparece en el olvido”. (149)

Ahora bien, si me he detenido en esto es porque resulta interesante que González Prada haya sido sumamente consecuente con estas ideas, haciendo todo lo posible por editar sus obras bajo la forma del libro, lo cual, ciertamente, fue muy poco común en los escritores peruanos del siglo XIX que pensaban que bastaba con la tribuna de la prensa para alcanzar cierta trascendencia. Pero dirijamos ahora sí la atención sobre Minúsculas (1901), el primero de los poemarios del autor, el cual, pese a las dificultades que presentaba la época para la impresión, habrá de ser editado sin mayores complicaciones en la privacidad de su casa.

Hacia fines del año 1899, la pareja González Prada le regalará a su hijo Alfredo una pequeña prensa, adquirida en la juguetería de Pedro del Campo ubicada en la calle Plateros de San Pedro. El niño, que no contaba con más de 8 años, aprenderá rápidamente el oficio y se dedicará a imprimir todo lo que encontrara a su paso, teniendo particular predilección por la lista de los alumnos de su clase y por los versos de su padre, cuya extensión favorecía a las dimensiones de la maquinita. Particularmente famoso será un poema satírico, dedicado al presidente Eduardo López de Romaña, que Alfredito[2] imprimió más de un centenar de veces para regalárselo a sus compañeros del colegio y a todo aquel que visitara la casa de la familia.

Varios meses pasó dedicado a esos juegos hasta que un buen día, junto a su madre, surgió la idea de reunir todos aquellos versos sueltos en un libro. Luis Alberto Sánchez ha sostenido que la edición se trató de una sorpresa para González Prada que le fue entregada el día de su cumpleaños número 57; sin embargo, según cuenta la misma Adriana de Verneuil, en su libro Mi Manuel, lo que sucedió fue más bien que entre los tres convinieron en llevar a cabo la edición y dividirse el trabajo: “Él nos daría el material, Alfredito lo cajearía y yo lo imprimiría” (329). De esta forma, luego de seis meses de arduo trabajo, saldrá a la luz un librito – sin un solo error tipográfico[3], en un tiraje de 100 ejemplares de 100 páginas cada uno –, que dejaba ver claramente la huella artesanal de su producción. El nombre del poemario estará determinado fundamentalmente por la máquina. Se llamaría Minúsculas no solo en referencia al tamaño de los poemas incluidos, sino también por los pequeños tipos móviles que se usaron para la impresión (el punto tipográfico será de 8/10, pequeño y redondo) y por el “forzoso diminuto formato” (329). Se trataba de una edición de lujo, en la que cada ejemplar estaba numerado y llevaba impreso el nombre de la persona a quien era destinado[4]. Asimismo, subyacía un exquisito detalle: “Para resaltar el ‘cachet’ poético yo le echaba gotas de esencia de violeta al agua en que remojaba el papel antes de imprimirlo, para que al hojear sus fojas un efluvio perfumado llegando al olfato del lector, como un ‘avant-gout’ poético, predispusiera su espíritu a gozar de la lectura”.[5] (330)

minúsculas
Edición facsimilar de la Academia Peruana de la Lengua

En cuanto al poemario mismo, este habrá de significar la introducción de ritmos y estrofas desconocidos para la lengua castellana tales como el rondel (forma favorita de González Prada), el triolet y el pantum – los dos primeros de la poesía francesa y el tercero de la poesía malaya. De ahí que pueda resultar evidente aquello que Mariategui reconoce en la obra de González Prada: “por ser la menos española, por no ser colonial, su literatura anuncia la posibilidad de una literatura peruana. Es la liberación de la metrópoli. Es, finalmente, la ruptura con el virreinato” (255). Es decir, si bien su poesía puede recurrir a gran variedad de formas poéticas occidentales, ella está enmarcada al interior de una peruanidad por definirse. Asimismo, González Prada, que escribió un tratado sobre métrica titulado Ortometría, representa la figura del poeta que desarrolla, en el Perú, una nueva concepción de la creación en la que la praxis poética se conjuga con la teorización y en la que el poema es entendido como un conjunto de ritmos, metros y recursos formales[6]. Sin duda, para todo ello habrá de ser fundamental el gesto de no solo haber escrito su obra poética, sino que resulta fundante el haber ayudado a producirla en esa minúscula máquina de hacer poesía.

 

[1] Cf. Delhom 2005:174

[2] Años más tarde Alfredo formará parte del movimiento Colónida junto a Abraham Valdelomar.

[3] Dice Adriana de Verneuil en Mi Manuel: “Todo le pusimos como a un libro grande: prólogo, notas explicativas, índice, sólo faltándole fe de erratas, por no tener ningún error.”

[4] El número 1 estaba dedicado a González Prada y decía lo siguiente: “’A Manuel, la editora de tu primer tomo de versos’, Adriana”. El número 2 se lo dedicaría a su hijo: “A Alfredo González Prada, mi colaborador tipográfico” (330)

[5] Sin duda, podría dedicarse un estudio aparte acerca de la figura de Adriana de Verneuil como un caso particularísimo de la edición de poesía en el Perú de inicios del siglo XX.

[6] Camilo Fernandez Cosman presenta un estudio bastante interesante acerca del trabajo y teorización que realiza González Prada sobre el verso: http://camilofernande.blogspot.pe/2006/12/la-poesa-de-manuel-gonzlez-prada-entre_25.html