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¿Cuánta madera roería una marmota?

Por Luis Alberto Castillo

Cuando se piensa la poesía como un asunto meramente de libros, poetas y su repercusión cuantitativa en el mercado, se pierde plenamente la función de la misma en el horizonte cultural de una nación. Pretender que el despliegue de la poesía pueda entenderse a partir, únicamente, de la satisfacción de los lectores inmediatos de una obra determinada, resulta algo tan absurdo como legitimar al rating como garante político y estético de los productos culturales. Una postura tal no solo revelaría flacidez intelectual, sino un desconocimiento elemental de la historia de nuestra poesía.

Pero lo importante aquí no es señalar las carencias interpretativas, sino tratar de explicar cómo es que pensar la poesía implica necesariamente una reflexión profunda acerca de la situación de la palabra en la sociedad; es decir, pensar tanto su valor como las condiciones de aparición y circulación de la misma.

Los años de violencia en el Perú nos dejaron un saldo cruel del cual parece muy difícil recuperarnos. Si algo ha caracterizado a la política peruana de los últimos años es el desprestigio cada vez mayor de la palabra. Tanto la desviación ideológica de las grandes palabras de la izquierda en boca de los senderistas como el ejercicio de censura y tortura de una vasta gama de vocablos de contenido social por parte del fujimorismo nos han dado como resultado que la palabra no solo se ha vuelto sospechosa, sino absolutamente inútil e in-significante. De ahí que este sea el tiempo de alcaldes célebremente mudos y campañas electorales en las que el slogan predilecto sea el de “hechos y no palabras”. Todo esto, que sin duda es la expresión local de un fenómeno global vinculado al triunfo de un modelo económico, nos ha llevado a un momento crítico en el que empieza a traficarse con palabras como “Reconciliación” y “perdón” no solo convertidas en slogans publicitarios de un gobierno endeble, sino vacías de toda representatividad y consenso.

Esta in-significancia de la palabra en el período de posguerra, ha traído una serie de consecuencias en el mundo de las letras y, especialmente, en el de la poesía. Un aspecto clave para entender el lugar de la poesía en la actualidad con respecto a su condición hace 30 años, es el hecho de que en la década del 90 se haya dado el quiebre de una tradición que había permitido una estrecha relación entre los escritores, el mercado y la esfera pública. Desde Valdelomar – y junto a él el movimiento Colónida – hasta el Movimiento Kloaka, el periodismo sería la actividad profesional en la que el oficio de escribir alcanzaría a convertirse en una actividad productiva. La tribuna de la prensa se convirtió no solo en el medio por el que los poetas terminaron por asimilarse al mercado, sino el espacio legítimo de debate en torno al estado de la literatura[1].

De ahí que habría que ser bastante ingenuo para pensar que la repercusión cuantitativa en los medios de prensa que tuvieron colectivos de poesía como Hora Zero (70s) o KloaKa (80s), se debió a que eran poetas brillantes que lograron hacerse de un público lector de poesía que no podía sino reconocer que estaba ante poetas brillantes. Más allá del talento de estos poetas, es evidente que sus vínculos con las revistas y diarios de la época no solo les facilitó la aparición en sus páginas culturales, sino que habría que entender que, dada su condición, sus propias acciones constituían actos públicos. Alguien mezquino pensará que este es un argumento mezquino y que se está insinuando una suerte de amiguismo o padrinazgo. Para quien piense de esa manera habría que decirle que de lo que se trata es de señalar cómo es que los poetas ocupaban un lugar en la esfera pública, el cual se habían ganado, precisamente, a fuerza de escribir, que muchas veces es lo único que sabe hacer un poeta. Eran tiempos en los que el que se dedicaba al oficio de escribir podía hacerse de un lugar como redactor en una revista o un diario, a diferencia de lo que vino después en donde las redacciones periodísticas han necesitado de los que escriben, a lo mucho, para la edición y corrección de estilo de las columnas de nuestras figuras del espectáculo[2].

Esta cercanía de la poesía a la prensa corría en paralelo con la participación de los poetas no solo en el circuito artístico, sino en el mundo del entretenimiento y la política[3]. Varios poetas se convirtieron en guionistas de cine y televisión (Watanabe es quizá el caso más activo y resaltante) e, incluso, un grupo de poetas de finales de los 80s fueron parte del equipo de guionistas de Iguana Producciones. Asimismo, a la relación de varios de los poetas horazerianos con el Sistema Nacional de Movilización Social (SINAMOS) y, en general, con las estructuras de poder del Gobierno Militar de Juan Velasco Alvarado[4], le siguió la relación de varios miembros de Kloaka (y otros poetas jóvenes) con revistas y diarios vinculados a movimientos subversivos que fueron perseguidos y censurados por los gobiernos de turno.

El periodo de posguerra traería consigo la paulatina instauración de una suerte de policía de los discursos que resultaría en la toma de la prensa por parte del gobierno y los grupos económicos. Varios de los poetas aún jóvenes aprovecharían el momento para viajar al extranjero ya sea para estudiar o simplemente para desaparecer por un tiempo. Desde entonces se empieza a cocinar un progresivo vacío intelectual en la esfera pública que coincidirá con una producción de poesía marcada por esta situación de desconfianza en la que había caído la palabra.[5]

Terminada la década del autoritarismo la prensa quedará en manos únicamente de los grupos económicos, pero mantendrá la misma estructura impuesta por los mecanismos fujimoristas de control social. La noticia será apreciada solo en su valor cuantitativo y su condición de mercancía estará marcada por su potencia multiplicadora. La función de contar historias pasará a las manos de un periodismo morboso que ya no solo hará del dolor y de la muerte un espectáculo, sino que empezará a lucrar haciendo narrativas de los avatares amorosos de las figuras públicas. Salvo pequeñas excepciones, los escritores quedarán irremediablemente divorciados del periodismo. Los hacedores de imágenes, como tanto temía Vallejo, habrían terminado por apropiarse de las palabras.

Este fenómeno se tornará cada vez más crítico en la medida en que el tránsito de lo impreso a lo virtual se hará bajo las condiciones de este tipo de periodismo que encontrará en la web un espacio de libertad para desplegar todas sus ocurrencias y nimiedades. De ahí que, por mucho tiempo, en el imaginario social, lo virtual haya carecido de un valor real como para ser tomado en serio. A diferencia de otros países, en el Perú la llegada de la web significó una ampliación del abismo entre las letras y el público de lectores. Contrario a lo que se suele creer, en casi todo este tiempo, la web no ha sido ese espacio democrático de aparición, sino que con ella los criterios cuantitativos se han radicalizado. Si bien existe la ilusión de aparecer públicamente, las posibilidades de ser tomado en cuenta están relacionadas con cuestiones que transcienden el talento. Muestra palmaria serán, por un lado, los bots y trolls que son capaces de crear tendencias temáticas al interior de la web, manipulados por intereses tanto políticos como económicos y, por otro, los portales alternativos de noticias, los cuales se siguen manteniendo en un círculo reducido de personas que, mal que bien, piensa más o menos lo mismo.

Pero cuando las condiciones para una transformación de los vínculos sociales están dadas, solo es cuestión de tiempo para que empiecen a vislumbrarse los cambios. A lo largo de los 2000 la conectividad a internet y los motores de búsqueda no podían asegurar, necesariamente, el encuentro de tantos blogs que más bien navegaban solitarios en un vasto universo todavía demasiado opaco como para acceder a él sin una consigna previa. Pero en nuestra década esto se ha modificado. Uno no necesita más que una cuenta de twitter, Instagram o Facebook para iniciar flujos de navegación donde el azar y la programación algorítmica toman el disfraz luminoso de la libertad. Al zapping televisivo de la televisión por cable, le ha seguido el scroll compulsivo de las redes sociales y el machine learning del sistema de recomendación de plataformas como Netflix. La trampa de la libertad contemporánea estriba en que por un lado las posibilidades de elección no pueden ser suspendidas y, por otro, que las posibilidades de elección tienen a la totalidad como universo. La libertad responde ya no a la posibilidad de elegir si no a la imposibilidad de no elegir y no hay modo de escabullirse a las afinidades electivas que construyen los aparatos interconectados.

Todo esto nos ha llevado a que en los últimos tres o cuatro años, después de una larga ausencia pública, la poesía ha encontrado en las redes sociales a un público dispuesto a consumir sus datos leyendo poemas. Las posibilidades de la web – que nos permite movernos sin desplazarnos –, han empezado a tejer redes de intercambio que hace algunos años hubieran sido improbables. Sin moverse de su casa y sin (o antes de) conocerse personalmente un número considerable de críticos y poetas han empezado a tener conversaciones por Facebook, intercalando, inevitablemente, cuestiones cotidianas con la situación actual de la poesía. A los menos perspicaces esto les parecerá intrascendente, pero justamente la potencia de la tecnología está en su capacidad para transformar los vínculos sociales.

Un evento reciente puede dar luces de lo que estoy diciendo. El 9 de febrero a las 14:20, desde París, el escritor Diego Trelles (a quien no conozco aunque hemos conversado por Facebook), etiquetó a Ánima Lisa en una publicación en la que señalaba que en el número de diciembre de la revista de cultura de la Biblioteca Nacional del Perú “Libros & Arte” había aparecido un artículo de José Carlos Yrigoyen en el que para hablar de lo que él entiende por la crisis de la poesía peruana joven,  tomaba el título de un texto que yo había escrito hace varios meses en torno a una discusión entre el crítico y el colectivo de poesía sub-25[6]. Evidentemente ninguno de los involucrados había leído el texto que, a decir verdad, poco aporta a la discusión sobre poesía. Pero bastó ese salto a lo virtual, en unas fotografías bastante incómodas para la lectura, para que inmediatamente empezaran a aparecer todo tipo de reacciones.

Una constante en los comentarios sobre el artículo, ha sido la insistencia en que no debería hacérsele caso a alguien como Yrigoyen. Pero, después de todo lo que llevo dicho hasta acá, creo que hay una cuestión de fondo por la que sí hay que tomarlo en cuenta y que responde antes bien a una cuestión política que estética. José Carlos Yrigoyen Miró Quesada es quizá el único crítico en Lima al que se le paga por comentar poesía (incluso, hasta hace algún tiempo, trabajó haciendo lo mismo en el canal del Estado). Digamos que es una especie de rezago de lo que fue en el algún momento el vínculo entre poesía y periodismo que colapsó en la década del 90. Coincidentemente, sus criterios estéticos van acorde con esta condición de resto, pero, aun así, ha sabido incorporar a su visión ortopedista de la poesía el carácter cuantitativo que tanto complace a los consumidores de estos días que sufren o gozan leyéndolo semanalmente.

En ese sentido, hay que tomar esta discusión entre los más jóvenes del horizonte poético peruano y el último crítico de poesía con tribuna en la esfera pública, como síntoma de un momento de transformaciones.

En una de las imágenes más desafortunadas de su texto, Yrigoyen señala que la poesía peruana está lejos de la vida, que no es noticia, que “es apenas un periódico de ayer que cuenta hazañas en el estante de una hemeroteca”. [Siento que después de escribir esa frase mi computadora se ha puesto más lenta]. El crítico no se da cuenta de que la notica está ahora en el feed news de las páginas de Facebook, y que mientras siga teniendo bloqueados a varios de los más activos representantes de la poesía joven, el único que estará lejos de la poesía seguirá siendo él mismo. Yrigoyen se encuentra preocupadísimo por que los poetas jóvenes confundan “el faro con peñascos y terminen en el océano del solipsismo intrascendente”, cuando lo único que necesitan los poetas jóvenes es un punto de luz para conectar sus celulares y seguir navegando por tiempo indefinido.

En nuestra época, como la de los dioses olímpicos, todo está dominado por el rayo. El cable de fibra óptica, como sostuviera Virilio, ha sucedido a la abertura de las ventanas en la fachada de las viviendas. El encuadre del paisaje ha sido eclipsado por el selfie. La pantalla ha sustituido al horizonte. De ahí que sea urgente repensar el reparto público de lo escrito. El paso del papel a los soportes digitales no solo trae consigo la instauración de nuevas estructuras y jerarquías en las prácticas de lectura y escritura, sino que altera las condiciones políticas de la palabra.

Al final de cuentas, toda esta discusión, en la que las partes caen muchas veces en la nostalgia por la tradición y la aspiración por tener una cierta autoridad sobre el canon[7], es solo el asomo de nuevos flujos que parece que reconfigurarán los espacios desde donde la poesía se encuentra con la vida.

*

En un documental del 76, Herzog se introduce en el condado de Lancaster, Pennsylvania, en donde se celebra un extraño concurso anual alrededor de las subastas ganaderas. Se trata de una suerte de ritual verborreico en el que los subastadores compiten por quien es el que alcanza la mayor velocidad verbal al momento de ofrecer las reses. Esta gimnasia de la lengua es presentada como un arte producto del capitalismo donde lo cuantitativo se convierte en el criterio fundamental para el éxito de las ventas[8].

El título original del documental es “How much wood could a woodchuch chuch?” (¿Cuánta madera roería una marmota?) que es un conocido trabalenguas en lengua inglesa y que el campeón del certamen lo señala como su favorito:

“How much wood would a woodchuck chuck,

If a woodchuck could chuck wood?

He would chuck as much wood as a woodchuck could

If a woodchuck could chuck wood.”

Lo interesante es que se trata de un trabalenguas casi autorreferencial en el que el ejecutor se enfrenta a la masa verbal casi de la misma forma en la que el roedor se enfrentaría a la madera. Sabemos que los trabalenguas son expresiones de la literatura popular que nos hacen vérnosla con la materialidad del lenguaje a través de una serie de rimas y aliteraciones que terminan entorpeciendo la dicción; pero el asunto es que el campeón, entrenado en este arte cuantitativo desde los 6 años, no presenta la menor dificultad para pronunciarlo. De igual manera, al momento de realizar las subastas, su dicción corre a la velocidad de las cifras de una manera tan extraordinaria como si fuera una voz capaz de competir con las pantallas en las que se suceden las fluctuaciones de la bolsa.

Este asunto me lleva pensar en un modelo explicativo que ha dominado todo el horizonte de la poesía moderna y que queda condensado en aquella frase de Agamben según la cual “la poesía es aquello que regresa la escritura hacia el lugar de ilegibilidad de donde proviene, a donde ella sigue dirigiéndose” (los trabalenguas, a su vez, serían algo así como la contraparte oral de esta definición). Sin embargo, pienso que los nuevos tiempos habrán de llevarnos a reformular las nociones de legibilidad e ilegibilidad vinculadas a la poesía.

En un espacio como el virtual donde la in-formación descansa en un fondo de ilegibilidad cuantitativa, quizá ya no sea suficiente pensar a la escritura poética como un ejercicio de resistencia a la legibilidad absoluta del capital. Si, como dice Padilla, el terreno en disputa sigue siendo el lenguaje, hay que pensar su condición frente a la in-formación y a una nueva etapa del capitalismo en el que el lenguaje de programación es el sustrato de las nuevas formas de comunicación mediada.

De igual manera, estos tiempos nos están llevando a la necesidad de reformular la pregunta acerca de la materia prima con la que trabaja el poema. Si esta sigue siendo la palabra, habría que entender que la misma ya no es producto de un trabajo artesanal que la fija sobre el papel impreso, sino que la era digital, en que la palabra ha aprendido a viajar a la velocidad de la luz, reclama una reflexión profunda en torno al código numérico que subyace a la articulación electrónica de la letra.

Todavía nadie se preocupa por lo que ocurre al interior de su teclado…

**

Me veo tentado a pensar constantemente en que la historia de la poesía moderna en el Perú no es sino la de la apropiación de los medios de producción de texto por parte de los poetas e intelectuales. Así ha sido, al menos, desde González Prada hasta el movimiento Kloaka. Después de 26 años en los que la censura, los grupos de poder y las todavía confusas transformaciones tecnológicas no dejaban demasiado campo de acción, empiezan a aparecer nuevas formas de apropiación que tienen que ver con el manejo de las redes sociales, la programación y la creación de contenidos. Ese es el terreno que viene explorando la poesía más reciente y, antes que “evaluar” los textos de estos poetas, hay que valorar la intromisión política de su propuesta que es capaz de introducir gifs, memes y viralizaciones en el terreno sacrosanto de la poesía.

Por lo pronto, estos poetas[9] no se han autodenominado experimentales ni nada por el estilo – pese a que Yrigoyen, debido a su lejanía, haya entendido eso a partir de un artículo en que Roberto Valdivia, miembro del colectivo sub 25, calificaba de esa manera a la poesía de un grupo de poetas que están entre los 30 y los 35 años[10] –, sino que han señalado a la sinceridad como la característica fundamental de su propuesta[11]. Más allá de que, para los que nunca se equivocan, esto no es sino la expresión de una ingenuidad muy tierna, lo que habría que rescatar es que en un país donde la palabra está tan desprestigiada, un grupo de artistas vuelven a depositar en ella su confianza. Ya veremos cuánta materia verbal alcanzan a roer estos poetas. Solo queda activar nuestras notificaciones.

***

Noticia: Está en prensa el poemario “Matrioska” de la poeta Valeria Román (Arequipa, 1999), ganadora del premio de Poesía Joven José Watanabe. En marzo se hará la presentación en los aires de la casa Cultural de los hermanos Vera. Estamos todos invitados.

 

 

[1] Esta es una idea en la que ha insistido más de una vez Rodrigo Quijano. Parte de esta formulación es producto de diálogos que hemos sostenido en distintos momentos. Un ensayo interesante donde desarrolla los orígenes de esta irrupción pública de las letras será “Cien años de Colónida y desColónida” en Hueso Humero n°66.

[2] Hay un fenómeno global que tiene que ver con la suplantación en los medios de la figura del escritor por la del comunicador. Más allá del community manager como representante de las empresas en el espacio virtual, las mismas figuras del deporte y el espectáculo contratan a comunicadores para que se encarguen de “crear los contenidos” para sus propias páginas de Facebook o Instagram. Precisamente, uno de los miembros de Ánima Lisa se dedica, como actividad productiva, al manejo de las redes sociales de uno de los conductores de un popular programa televisivo.

[3] Es evidente, como señala Luis Fernando Chueca, que la aparición de estos proyectos poéticos no responde autónomamente a procesos literarios, sino que se produce en diálogo con procesos sociales más amplios. Ese es el marco de fondo de la argumentación. De ahí que no se trata de que el análisis de los vínculos entre prensa y poesía explique plenamente la situación actual de esta última, sino que es la arista que me interesa tratar en esta ocasión. Para mayor información acá el artículo de Chueca sobre el Movimiento Hora Zero: http://lospoetasdelcinco.cl/20/Ensayo/luis_chueca.htm

[4] Años después, en 1990, Hora Zero anunciaría su adhesión al proyecto político de Izquierda Unida.

[5] Me refiero a una poesía marcada por la descreencia ideológica, el nihilismo y, en muchos casos, el repliegue hacia una poesía intimista o del cuerpo. Sin embargo, estas son generalizaciones sobre las que habría que detenerse con mayor cuidado. De momento se ha hablado acerca de la presencia pública del poeta, pero aún no se ha profundizado acerca de cómo esta condición afecta (si lo hiciera) al poema. Ya habrá tiempo para tratar estos temas.

[6] Aquí el link del artículo del cual Yrigoyen copia el título. Lo singular es que el uso de ese título ni siquiera va acorde con lo que sostiene en el texto. En realidad, pareciera que no lo entiende y termina exigiendo algo así como que “los enanos deberían de empezar gigantes”: http://animalisa.pe/resenas/tambien-los-enanos-empezaron-pequenos/

[7] Así como parece que siguen pensando la obra poética restringida a la concepción tradicional de “libro”. De estas cosas ya habrá tiempo para hablar en otro momento.

[8] Un claro ejemplo de esto en nuestra televisión serán las hipnotizantes intervenciones de Marco Antonio en la “Teleferia” y, más recientemente, el último comercial de Inca Kola con actuación especial de Pepe Lucho.

[9] En realidad, pareciera que no se trata solamente de poetas, sino de un grupo de artistas articulados a partir de intereses comunes en los que palabra tiene una particular fuerza integradora. Es interesante que estas movidas respondan a iniciativas vinculadas a la poesía, ya que hace 8 años, cuando Ánima Lisa empezó su actividad artística, salvo los tradicionales festivales de poesía, no existía nada parecido y fueron los círculos de música experimental y, posteriormente, de arte contemporáneo los que acogieron nuestra propuesta.

[10] Una de las cosas que más crítica JCY de estos poetas, es el autobombo constante en sus publicaciones. Parece que el crítico también está bastante lejos de entender lo que podríamos denominar estrategias de marketing. Quizá uno de los más grandes publicistas de la historia de la literatura peruana sea el propio Mariátegui. No solo presentaba los libros que imprimía cómo “auténticamente revolucionarios y vanguardistas”, sino que tenía muy sutiles estrategias para la subsistencia de sus proyectos. Acá una frase que aparecía constantemente en las páginas de la revista Amauta:
la vida de amauta

[11] Para mayor información pueden leer el siguiente artículo de Roberto Valdivia sobre lo que él reconoce en la movida de los poetas más jóvenes: http://poesiasub25.com/articulos/2018-es-lo-sentimentalito/